lunes, 12 de mayo de 2008

Haciendo camino

Hoy tenía pensado dedicar unas líneas a la reforma del sistema electoral pero, después de las alabanzas públicas del Rey a la persona y la labor de Mister Zeta, creo que dejaré aquellas cuestiones para mejor ocasión.

Me resulta curioso que hace muy poquito dejaba yo escrito por aquí la necesidad de que se articulara un discurso republicano desde la derecha. No es de extrañar que en un país en el que los monárquicos se declaran juancarlistas llegue el día en el que el juancarlismo deje paso a una República y, sinceramente, creo que ese día llegará antes de lo que pensamos. Si para entonces la derecha no ha sido capaz de construir e integrar un discurso republicano habrá perdido una nueva oportunidad de encabezar un cambio político sin rémoras del pasado. Porque, reconozcámoslo, la transición la hizo la derecha pero sólo la izquierda obtuvo la legitimidad del cambio y, llegado el momento del tránsito a la República –que llegará-, la falta de discurso llevará de nuevo a la izquierda a atribuirse la legitimidad primigenia del nuevo régimen.

Siempre me llamaron la atención las muestras de cordialidad que el Rey Juan Carlos dispensaba a los representantes de partidos ideológicamente contrarios a la Monarquía y el desdén con que invariablemente agració a los políticos conservadores, por tradición, más próximos a la institución que representa el Monarca. La explicación para mí era simple: prefería ganarse a los desafectos y, para ello, nada mejor que contrastar el trato amable que concedía a éstos con el velado desaire que ofrecía a los supuestamente devotos. En fin, lo propio en un Borbón. Y lo propio en la derecha, tan acostumbrada a dejarse apalear por propios y ajenos.

El evidente menosprecio del Rey a la derecha no ha tenido nunca demasiada repercusión en el afecto que la grey conservadora solía tener hacia la monarquía. Aunque es cierto que ese desdén borbónico nunca se ha expresado con absoluta claridad y que el afecto con que a todas luces agasajaba a la izquierda nunca había pasado del guiño, de la presunción. Pero ayer el guiño se convirtió en elogio y la sintonía presunta se hizo expresa. Y si el guiño era una afrenta cuando se comparaba con la indiferencia, el elogio expreso convierte a ésta en insulto.

Pero vamos, que no llegará la sangre al río y puede estar tranquilo el Jefe del Estado porque desde este lado de la política nunca fue derrocado un Rey, ni aún mereciéndolo. Cierto es que las cosas cambian, que no son pocos los que han pasado de la militancia a la indiferencia y que al abuelo de S.M. le puso en el exilio tanto la aversión de los republicanos como la indiferencia de los monárquicos (que decidieron no mover un dedo por quien era entonces su Rey). Hoy hay pocos monárquicos y cada vez son más los juancarlistas indiferentes. Bastará que la indiferencia oficial de la izquierda se torne en desafección declarada para que las horas de la dinastía toquen a su fin.
Sic transit
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3 comentarios:

Republica Rojigualda dijo...

Otro valiente. Cada día somos más los liberales y conservadores que no nos tragamos el mito de la transición ni con la amenaza de "que viene la república". Pues que venga, que venga, que la llevo mucho tiempo esperando.

Saludos. Te he agregado a mi blogroll.

Conso dijo...

Pues llevas toda la razón. A ver si de una vez por todas abren los ojos los muchos que se declaran de derecha y dejan de identificar república=izquierda.

Es necesario que esta falacia que es la monarquía se quede en el capítulo que debía y que ahora empecemos a escribir otro. De todas formas, Felipe ya ha dado el primer paso para cerrar este capítulo.

Ángel Jiménez dijo...

No, no es cuestión de valentía, sino de principios. Triste es que tengamos que calificar como valientes a los que defienden principios.

Valiente, María San Gil.

Lo que sí es cierto es que cada día somos más. Esto es imparable.

¡Gracias por la visita!

Salu2