viernes, 30 de mayo de 2008

Lo blanco es negro


Y lo negro es blanco cuando le interesa a esta panda de sinvergüenzas autoproclamados progresistas. Basta con darse una vuelta por el panfleto que edita el canalla de Enric Sopena para echarte a temblar ante buena parte de sus afirmaciones. Hoy he pasado por allí y no he podido resistirme a comentar un titular que me ha dejado de piedra. Reza así: El vocal ultra del CGPJ José Luis Requero califica el aborto de “delito despenalizado”.

Supongo que este hombre será ultra porque está en el CGPJ tras ser designado por el PP o por la asociación mayoritaria de jueces: la Asociación Profesional de la Magistratura, llena de ultras como todo el mundo sabe. Pero desde luego, no creo que sea ultra por llamar a lo blanco, blanco. ¿O sí?

El motivo de escándalo para el panfleto progresista radica en que describe el aborto exactamente como lo que es: un delito despenalizado en ciertos supuestos. Porque es eso exactamente. Sé que no hay mucha gente entre la progresía que pierda su tiempo en leer pero, como desde este lado del río todavía mantenemos la costumbre, os copio exactamente los preceptos del vigente Código Penal relativos al delito de aborto para que cada cual llegue a sus propias conclusiones:

Título II

Del aborto

Artículo 144. Sin consentimiento de la mujer.

El que produzca el aborto de una mujer, sin su consentimiento, será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años e inhabilitación especial para ejercer cualquier profesión sanitaria, o para prestar servicios de toda índole en clínicas, establecimientos o consultorios ginecológicos, públicos o privados, por tiempo de tres a diez años.

Las mismas penas se impondrán al que practique el aborto habiendo obtenido la anuencia de la mujer mediante violencia, amenaza o engaño.

Artículo 145. Con consentimiento fuera de los casos permitidos por la Ley o causado por la propia mujer.

1. El que produzca el aborto de una mujer, con su consentimiento, fuera de los casos permitidos por la ley, será castigado con la pena de prisión de uno a tres años e inhabilitación especial para ejercer cualquier profesión sanitaria, o para prestar servicios de toda índole en clínicas, establecimientos o consultorios ginecológicos, públicos o privados, por tiempo de uno a seis años.

2. La mujer que produjere su aborto o consintiere que otra persona se lo cause, fuera de los casos permitidos por la ley, será castigada con la pena de prisión de seis meses a un año o multa de seis a veinticuatro meses.

Artículo 146. Por imprudencia.

El que por imprudencia grave ocasionare un aborto será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses.

Cuando el aborto fuere cometido por imprudencia profesional se impondrá asimismo la pena de inhabilitación especial para el ejercicio de la profesión, oficio o cargo por un período de uno a tres años.

La embarazada no será penada a tenor de este precepto.

Los casos en los que la Ley despenaliza la práctica del aborto se recogen en el artículo 417 bis del Código Penal de 1973 que continúa vigente conforme a la Disposición derogatoria única 1 a) del vigente Código y que establece lo siguiente:

1. No será punible el aborto practicado por un médico, o bajo su dirección, en centro o establecimiento sanitario, público o privado, acreditado y con consentimiento expreso de la mujer embarazada, cuando concurra alguna de las circunstancias siguientes:

1.ª Que sea necesario para evitar un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada y así conste en un dictamen emitido con anterioridad a la intervención por un médico de la especialidad correspondiente, distinto de aquél por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto.

En caso de urgencia por riesgo vital para la gestante, podrá prescindirse del dictamen y del consentimiento expreso.

2.ª Que el embarazo sea consecuencia de un hecho constitutivo de delito de violación del artículo 429, siempre que el aborto se practique dentro de las doce primeras semanas de gestación y que el mencionado hecho hubiese sido denunciado.

3.ª Que se presuma que el feto habrá de nacer con graves taras físicas o psíquicas, siempre que el aborto se practique dentro de las veintidós primeras semanas de gestación y que el dictamen, expresado con anterioridad a la práctica del aborto, sea emitido por dos especialistas de centro o establecimiento sanitario, público o privado, acreditado al efecto, y distintos de aquél por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto.

2. En los casos previstos en el número anterior, no será punible la conducta de la embarazada aún cuando la práctica del aborto no se realice en un centro o establecimiento público o privado acreditado o no se hayan emitido los dictámenes médicos exigidos.

En fin, supongo que cualquiera que sepa leer llegará a la escandalosa conclusión a la que llegó el ultra José Luis Requero: el aborto es un delito despenalizado en unos supuestos tasados por la Ley.

Si alguien considera que es un derecho, me gustaría saber en qué Ley se reconoce, porque yo no la conozco. O que simplemente diga que prefiere sus mentiras a cualquier verdad.

jueves, 29 de mayo de 2008

¿El final de la disidencia?

Llevo un par de días sin ganas de escribir. Me da la impresión de que los acontecimientos políticos me superan y que, en cierta medida, estoy en el camino de la resignación. Me cuesta, me cuesta, pero cada vez me parece más evidente que esto tiene muy mal arreglo y, la verdad, no tengo la impresión de que la sociedad española esté en condiciones de articular un movimiento cívico que sea capaz de hacer frente a la deriva de nuestra política y que pueda apuntalar las ruinas que aún se mantienen en pie. El no me resigno que entonó Aguirre –además de una mentira puesta en su boca- parece un esfuerzo inútil.

Es triste ver que, al final del día, no se puede confiar en nadie y, mucho menos, en los que dicen representarnos. La cantinela del “son todos iguales” se ha convertido en la banda sonora del cada vez más extendido desencanto de la política. Es tan claro que prácticamente todos no tienen más objetivo que vivir del prójimo que los que nos consideramos personas de principios no vamos a tener más remedio que aceptar la abstención como única forma coherente de participación política. Antes del 9 de marzo podíamos tener la ilusión de que el cambio necesario era posible pero, desde entonces hasta ahora, la esperanza se ha convertido en conformismo y la ilusión en una cruda realidad. No, no son todos iguales pero es fácil apreciar que la distancia que separan a unos y a otros es mucho más corta que la que nos separa a nosotros de cualquiera de ellos. Y eso ya no tiene remedio.

El espectáculo del juicio a Federico Jiménez Losantos es la prueba del 9 para la confirmación del camino por el que va a discurrir la política española durante los próximos años y que se resume en la estigmatización y la eliminación del disidente. La tendencia hacia el pensamiento único, hacia la uniformidad, es imparable. Como ya adelantara Ortega allá por los años treinta del pasado siglo, la masa ha tomado el mando y la libertad ha desaparecido para todo aquél que no quiera verse convertido en un paria, en un apestado. Ser libre y comportarse como tal es hoy tan utópico como lo era en los tiempos de la dictadura pero con un agravante: hoy ni siquiera podemos afirmar que somos esclavos. Es tanta la propaganda, los mensajes, las consignas que no tienen más objeto que mantenernos ignorantes en la caverna que, cualquiera que se revele contra la esclavitud que padecemos, cualquiera que afirme que hoy somos más esclavos que ayer, será rechazado por cuantos le rodean.

¿Nadie es consciente del engaño al que nos someten? ¿Nadie se da cuenta de que somos y nos tratan como esclavos?

Vivimos en una sociedad tan acostumbrada a no pensar que terminamos aceptando como cierto lo que más veces o más alto se repite y en la que existe un falso consenso sobre la infalibilidad de la mayoría cuando, sin embargo, no hay nada más mayoritario que el error. La identificación de mayoría y certidumbre es lo que condena al ostracismo al disidente y lo que permite a muchos exhibir una fuerza moral de la que carecerían sin el respaldo de la masa. Desgraciadamente, la verdad nada tiene que ver con la masa, aunque los aduladores de las masas se empeñen en desmentirlo.

El juicio a Federico no es un juicio contra un periodista, es un juicio contra el derecho a la disidencia, contra el derecho a pensar con libertad y a expresarse del modo que cada cual estime conveniente. El problema que plantea Federico no es que diga verdades o mentiras, que insulte o deje de insultar, que sea más simpático o antipático, el problema es que va por libre: que hace y dice lo que quiere, que su mensaje es coherente y que, además, llega a mucha gente. Federico en un blog no sería peligroso para el sistema, como no lo somos ninguno de los que por aquí escribimos. Federico en un medio como Libertad Digital resultaría irrelevante a efectos políticos (como lo son la inmensa mayoría de los que escriben en periódicos digitales). Pero en una emisora de radio y sin más atadura que la audiencia alguien como él resulta peligrosísimo para muchos.

La campaña de acoso y derribo contra él lleva en marcha años pero, hasta la fecha, se había mostrado rocoso, posiblemente porque sabía de donde procedían los disparos. En cambio ayer, y con independencia de lo que termine disponiendo la sentencia (la vista oral continuará el 4 de junio) le dieron un golpe muy duro: aquellos a los que viene defendiendo desde marzo de 2004 y en los que confiaba (demasiado, por cierto) le dejaron bien claro que está solo y que puestos a elegir entre Gallardón y sus fingidos principios, eligen lo primero. Gallardón puede ser su adversario para ocupar un sillón, pero tienen más en común con él de lo que tendrán con cualquier cosa que se parezca levemente a la decencia.

Nadie escarmienta en cabeza ajena y no deja de ser curioso que quien vivió el acoso al que fue sometido Antonio Herrero (no sólo desde la izquierda que era lo previsible, sino desde el aznarismo al que tanto ayudó para que alcanzara el poder), no hubiera previsto que tarde o temprano terminarían persiguiéndolo los que hasta ayer se presentaban como amigos.

Como le ocurrió a Antonio Herrero, a Federico lo respalda su audiencia pero es indudable que le será muy difícil sobrevivir en una guerra con tantos frentes abiertos y tan poderosos enemigos. Difícil sobrevivir en un mundo que no tolera la disidencia.

Ojala aguante.

lunes, 26 de mayo de 2008

De flores y epístolas

Desde que empecé a escribir este blog, me he pronunciado en diferentes ocasiones sobre la imprescindible regeneración de España. Nuestro país –mi país- se está convirtiendo justamente en lo contrario de lo que debería ser y de lo que dice nuestra Constitución que es. Desde la Transición

hasta ahora hemos sido testigos del modo en el que las buenas intenciones de unos pocos han ido empedrando el camino para que la mayor de las tiranías se abriera paso, una tiranía invisible pero que todo lo abarca y todo lo corrompe. Cada vez es más evidente que las más altas instituciones del Estado se han uncido al carro de la corrupción pero, sin embargo, esta evidencia se esconde detrás de una apariencia democrática que las legitima de cara al exterior, de cara a la población, y que la hace invisible para muchos.

Todas las miserias de este régimen se esconden detrás de la democracia, de una democracia retórica, tutelada desde los partidos que detentan el poder y que (oh, casualidad) están en manos de personas que no tienen más objetivo que su permanencia en él. Así, partiendo de una partitocracia legal que tenía como objetivo asegurar el poder de los dos grandes partidos (entonces la UCD y el PSOE) hemos podido contemplar cómo se asaltaban una por una todas las instituciones del Estado y cómo los principios de mérito y capacidad que deberían guiar los nombramientos en todos los ámbitos del Estado fueron sustituidos por criterios de pertenencia. La necesaria independencia de las instituciones (que sólo tiene sentido desde el estricto cumplimiento de la legalidad) se ha transmutado en la fidelidad canina hacia los políticos que ostentan el derecho a nombrar y cesar y para los que los méritos personales y la idoneidad para el cumplimiento del deber no tienen ningún valor.

Este tránsito que se iniciara tímidamente en la Transición y que se podría justificar entonces como consecuencia de las circunstancias que rodearon aquel proceso, fue llevado al extremo por los distintos gobiernos del PSOE de Mister X pero también el PP de Aznar contribuyó a que se alargara la distancia entre la España que se dibujaba en la Constitución y la que hoy padecemos. En su falta de decencia democrática no fue mejor Aznar que Mister X y bien que lo siento, sobre todo porque Aznar llegó al poder cuando ya era imprescindible la regeneración de España y de unas instituciones que ya mostraban signos evidentes de agotamiento. Tras los ocho años de gobierno del PP de Aznar, España no había afrontado ni una sola de las reformas que hubieran permitido una auténtica separación de poderes y una mejora de la calidad democrática. Bien al contrario, subidos en la poltrona que había construido el PSOE, no sólo no se adoptaron medidas para evitar la progresiva degeneración del sistema, sino que se hizo uso en primera persona de todo aquello que se debía haber evitado y con el mismo objetivo que tuviera el PSOE en su creación: acaparar todo el poder y perpetuarse en él.

La llegada al poder de Mister Zeta ha servido para que se continúe profundizando en la implantación del régimen, para que muchos comiencen –comencemos- a pensar que el enfermo está cada vez peor y más cerca del precipicio, del punto sin retorno.

La crisis del PP es el último de los síntomas.

Todo esto viene a cuento de una carta remitida por el General de Brigada Blas Piñar Gutiérrez (sí, sí, hijo de quien piensa) al Jefe del Estado Mayor de la Defensa y por la que, parece, ha sido arrestado (publicada por El Confidencial Digital). Si triste es que quien se expresa del modo en que lo hace este General sea sometido a medidas disciplinarias, más triste es que nuestro país haya llegado a un nivel de degeneración que demande actos de este tipo.

Este es el texto:

Blas Piñar Gutiérrez
General de Brigada de Infantería

Granada a 19 de enero de 2008

Mi general:

Acabo de pasar a la reserva por prescripción legal, profundamente decepcionado del Ejército. Desde hace más de dos años y medio, cuando presenté mi primera instancia pidiendo voluntariamente el cese en la situación de actividad, ningún mando me ha preguntado por las razones de mi solicitud. No me ha extrañado, pues desde hace tiempo y de forma progresiva, la cúpula militar ha optado, en temas mucho más importantes y transcendentes, por lavarse las manos o aplicar la política del avestruz. Hemos “conseguido” una institución no sólo ciega, sorda y muda, sino además insensible, sumisa y desvertebrada.

En mi caso concreto, para la superioridad ha resultado más cómodo inhibirse del fondo de la cuestión afirmando frívola y falsamente:”Se quiere ir porque tiene dinero por casa y se ha cansado de esto”; o “está molesto porque no le han dado el destino que quería”. Cualquier cosa resultaba más fácil que hablar conmigo, porque el asunto no aparentaba ser políticamente correcto – más aún con este gobierno- y no merecía la pena darse por enterados de mi situación, vicisitudes y hoja de servicios.

Profesionalmente, en estos últimos cinco años, me he sentido infrautilizado y excluido, no he recibido la mínima consideración formal exigible, y he carecido del apoyo y la defensa que cabía esperar de mis jefes.

En realidad han sido mi nombre y apellido, de los que me siento profundamente orgulloso, la explicación evidente del trato recibido. Me es posible llegar a admitir, e incluso entender y asumir, esta animadversión si proviniera exclusivamente de ciertos medios políticos, pero en absoluto puedo aceptarla si tiene su origen o es asumida (e incluso preventivamente superada) por mis propios mandos.

Pero no tranquilices tu conciencia concluyendo que mi deseo de marcharme ha sido exclusivamente consecuencia de dicho trato. A pesar de ello, hubiera seguido hasta el final, con pleno entusiasmo, en cualquier puesto y empleo, si tuviera un mínimo de fe y confianza en el Ejército actual, representado por sus máximas jerarquías. Pero he podido comprobar, una y otra vez, que estamos en sintonías bastante diferentes. El amor a España, nuestra historia, la bandera, el juramento sagrado, el reconocimiento a nuestros héroes, el honor, la lealtad, la responsabilidad, el sacrificio, el compañerismo, nuestras ordenanzas…todo parece difuminado, silenciado, sometido a interpretaciones oportunistas, disimulado en escritos, declaraciones o discursos excesivamente acomodaticios y contemporizadores. He llegado a la conclusión de que se pretende que estos conceptos y valores pierdan autenticidad, para que no se vean reflejados con todo su vigor en los comportamientos institucionales y personales. Como excusa se habla en exceso de disciplina, desvirtuando su esencia y utilizándola de comodín para sustituir el cumplimiento del deber, mucho más exigente y comprometido.

Cuando se llega al convencimiento personal de que el Ejército -de forma consentida- se está vaciando institucionalmente, que no cree ni está en disposición de cumplir con su misión constitucional, que no asume ni defiende realmente sus valores permanentes y que renuncia a representar con dignidad el papel encomendado, caben dos líneas de acción: esforzarse desde dentro en cualquier destino -si esto resulta posible- para restablecer los principios y recuperar las actitudes abandonadas; o desvincularse de la institución por considerar que -en tu caso- te han limitado la capacidad de actuación y tu presencia solo sirve para respaldar posturas incompatibles con los compromisos asumidos con España y el Ejército.

En ambos aspectos, personal e institucional, concretamente tu has tenido una muy especial responsabilidad como JEMAD durante los últimos años.

Desde un año antes de ascender a general he podido constatar que profesionalmente me han recortado las posibilidades de seguir trabajando de acuerdo con la vocación militar. He sufrido -con excesiva frecuencia- desconfianza, aislamiento y discriminación, obligándome todo ello, muy a mi pesar y tras profunda meditación, a cambiar la primera línea de acción por la segunda. En definitiva, me he querido ir –sin conseguirlo- antes de tiempo por exigencia de la lealtad, la responsabilidad y la dignidad, y con el orgullo y satisfacción del deber más que cumplido hasta el final, de una entrega sin límites y de la superación de numerosos obstáculos internos. En cualquier caso, me llevo el reconfortante bagaje de las innumerables compensaciones que el ejercicio diario de la milicia te proporciona, y sin las cuales no tendrían explicación estos últimos años de dedicación y esfuerzo, a pesar de las adversas circunstancias.

Habiendo llegado a la dolorosa conclusión de que ya no podía ni quería ser útil a este Ejército y por fidelidad al juramento prestado, consideré una obligación renunciar a mi situación de actividad como general. Los repetidos intentos (hasta agotar los procedimientos reglamentariamente disponibles) resultaron inútiles, sin haber merecido siquiera explicación o contestación alguna. Por eso hoy he querido exponer, sincera y claramente, ante los miembros actuales y recientes del Consejo Superior del Ejército, las razones que motivaron mi decisión. De esta manera cumplo con mi conciencia y honor, aunque es probable que mi conducta ni tan siquiera sirva como referencia “diferente” a nuestros oficiales, suboficiales y soldados.

A pesar de todo, me seguiré esforzando por mantener la esperanza de que el Ejército quiera, sepa y pueda reaccionar antes de que sea demasiado tarde para España. La responsabilidad es vuestra. Para entonces, si esto ocurriera, podéis contar conmigo en el puesto de mayor riesgo y fatiga, donde de nuevo me tendréis a vuestras órdenes.

¡VIVA EL EJÉRCITO!

¡VIVA SIEMPRE ESPAÑA!



Fdo. Blas Piñar Gutiérrez

jueves, 22 de mayo de 2008

700.000 cobardes

Para esto hemos quedado. Nunca fuimos gran cosa, hay que reconocerlo, pero nunca pensé que llegaríamos a tan poco. Es lo que ocurre cuando hay tantos: unos por otros, la casa sin barrer. Y cuando no se barre lo que permanece es la mugre. En eso ha quedado la única casa de la derecha sociológica: en un antro lleno de basura donde nadie se atreve siquiera a insinuar que hay que coger la escoba.

Sí, hay 700.000 militantes, pero está claro que muy poquitos –por no decir ninguno- son capaces de dar un puñetazo en la mesa y decir basta ya de basura. La izquierda, el PSOE, ya ha contribuido con suficiente basura a colmar el vertedero en que se está convirtiendo nuestro país para que sea necesario sumar también la inmundicia de la derecha.

Un día oí decir a José María García que Rajoy era un hombre que tenía la virtud de no manchar allí por donde pasaba y el defecto de no limpiar. Hoy sabemos por qué no limpia: está a gusto con la basura, se encuentra a sus anchas rodeado de ella. Sabemos también hoy que su poca afición a la escoba está poniendo en la calle a cuantos no son capaces de soportar tanta porquería a su alrededor. Porque la basura sólo genera más basura. Convertir la basura en algo útil –reciclarla- requiere un esfuerzo que Rajoy no está dispuesto a realizar; es mucho más fácil mimetizarse con el entorno, adaptarse a él, que mejorarlo. Más sencillo convivir con la basura, ser basura, que limpiar.

Claro está que el PP se descompone, claro es que se está convirtiendo en un partido que ya no representa ni a sus propios militantes. Es evidente que tampoco quiere representar a los votantes que confiaron en este partido el pasado 9 de marzo. Y a pesar de todo ello no hay ni un solo movimiento interno que diga que por ahí no vamos a pasar. ¿Dónde están esos 700.000 militantes? ¿Rompiendo el carnet o disfrutando del panorama? Porque ni lo uno ni lo otro es lo que se espera de ellos. ¿O sí?

No me cabe duda de que el marianismo espera exactamente eso, que la militancia se quede de brazos cruzados mientras él y su cohorte de sorayos se aprestan a cruzar el Rubicón y unirse al nuevo régimen zetapeísta con la seguridad de que su legión de cobardes militantes no se atreverá más que a decir amén.

Sí, sí, cobardes, 700.000 cobardes que no cuentan más que para pagar su cuota, colocarse la pegatina del PP y agitar banderitas cuando se lo manden. Cobardes portadores de un carnet que no significa nada. ¿Dónde están nuestros principios? ¿Dónde está el valor que se nos presumía? ¿En casa? ¿En un cofre bajo siete llaves? ¿Dónde? ¿En busca de unas primarias? ¡Por Dios! Si ni siquiera fuimos capaces de exigir votaciones para nombrar a los compromisarios del Congreso, ¿y vamos a pedir primarias?

Luego nos lamentaremos y entre nosotros, con los nuestros, criticaremos a los unos y a los otros, a La Soraya y a Lasalle, a Mariano y a su madre. Hasta habrá quien llore porque gente como María San Gil se vea abocada al abandono de la política, pero no habrá nadie que haga lo que tiene que hacer porque, claro está, es mejor que lo hagan otros. Panda de cobardes. ¿Eso somos?

La cobardía, la bajeza, la indignidad de los dirigentes es comprensible –que no justificable- pero me niego a aceptar que todos –los 700.000- seamos así. María San Gil, nos acaba de dar una lección –una más- de lo que significa dignidad y coherencia. Demostremos que somos capaces de levantar la cabeza.

Mariano, vete ya.

miércoles, 21 de mayo de 2008

El ser y el ser

La repentina muerte de Roberto García-Calvo, Magistrado del Tribunal Constitucional, ha dejado a la vista de quien lo quiera ver las miserias de nuestro sistema jurídico kelseniano.

La construcción teórica de Kelsen partía de una norma suprema, la Constitución, principio y fin del sistema jurídico. De ella nacía la legitimidad del resto del sistema normativo y en ella se fijaban los límites de todas las normas. Sabiendo que el poder político tiene una extraordinaria tendencia a forzar el Derecho, el modelo de Kelsen introducía como garantía un órgano cuyo único cometido era asegurar que todas las normas se ajustaban escrupulosamente a la norma suprema. Sobre el papel este órgano –en nuestro Derecho, el TC- cerraba el círculo: sin él el sistema era inviable y, como no podía ser de otro modo, gracias a él hoy el sistema es ética y jurídicamente inviable.

La construcción de Kelsen partía de la absoluta independencia de los miembros que conformaran el Órgano de Garantías Constitucionales, el TC, y habrá que reconocer que la premisa de la independencia de sus miembros ni se ha dado, ni se dará. El fallecimiento de García-Calvo es una gota más que se suma al torrente de desvergüenza que mana desde el TC y sus aledaños. La cuadra ideológica a la que pertenecía el finado era por todos conocida –al igual que la del resto de los miembros de TC- y la postura a adoptar por éste en cuantos asuntos conociera era sabida de antemano. Simple y llanamente: no era un Juez imparcial.

Su notoria parcialidad no era nada extraordinario en el TC donde todos sus miembros actúan con un absoluto desprecio de sus obligaciones. Era uno más de la parroquia del TC, tan parcial en su actuación como los que se sentaban en los bancos de la izquierda. Su muerte no nos priva de un excelso jurista –pocos han pasado por ese Tribunal que vislumbraran la excelencia-, simplemente hace perder la teórica mayoría a la cuadra de los llamados conservadores de cara a la resolución del recurso interpuesto contra el Estatuto de Cataluña que, del mismo modo que se sabía pasaría el trámite del TC antes de la recusación de Pérez Tremps, muerto García-Calvo, se sabe completamente a salvo gracias al voto de calidad de su Presidenta (sí, aquella a la que abroncaba sin disimulo nuestra arrugadísima Vicepresidenta).

Y ahora llegan las prisas; de los unos porque se nombre rápido a un Magistrado de los suyos cuanto antes, y de los otros, para que el nombramiento se materialice antes de que el Estatuto de Cataluña sea declarado constitucional. A ninguno de los dos se les cae la cara de vergüenza porque eso es algo que ya no se estila en esta España que han construido entre muchos mientras los más nos quedábamos de brazos cruzados.

Nuestro sistema jurídico se fundamenta en un Tribunal corrupto a sabiendas y, lógicamente, de esta corrupción primigenia no puede nacer otra cosa que no sea más corrupción. Esto es lo que nos hemos dado, lo que hemos permitido, y esto es lo que recogemos.

El problema de García-Calvo no consistía en que fuera –como algunos han dicho- ultraconservador o conservador a secas. El problema es que sus posturas, en vez de tener como base el Derecho, se fundamentaban en su pertenencia y contrastaban con las posturas de aquellos que –pública y notoriamente- pertenecían al otro bando y que basaban sus posturas también en criterios de pertenencia en vez de en razones estrictamente jurídicas.

De nuevo la confrontación entre el ser y el deber ser, aunque agravada porque aceptamos mansamente que el deber ser es sólo una utopía inalcanzable. Ya no se discute sobre el deber de ser imparcial, sino que, aceptada de antemano la parcialidad, la cuestión radica exclusivamente en que sea de los míos o de los otros. Hemos pasado de pedir que la mujer del césar sea honesta y lo parezca, a aceptar sin rubor no sólo la deshonestidad –que casi se presume-, sino también su apariencia –que ni siquiera se oculta-.

Que a estas alturas de la película los españoles sigamos sosteniendo un Tribunal como el TC y que ninguno de nuestros representantes haya tenido la honradez de decir bien alto que el Emperador está desnudo, nos hace merecedores de lo que tenemos.

martes, 20 de mayo de 2008

Tristeza y repugnancia


Llevo varios días un poquito lejos del blog y desde que publiqué mi última entrada han pasado cosas muy tristes y otras simplemente repugnantes. Triste es lo que está pasando con María San Gil y repugnante es que ETA haya vuelto a las andadas y que, los mismos que han consentido que se refinanciara con el dinero de nuestros bolsillos, salgan ahora a hacerse los buenos, buenísimos y hablen –ahora sí- de acabar con el terrorismo. Mentira.

ETA hace lo que siempre hizo: matar. Ni ha habido cambio, ni lo habrá. Ha sido el Estado –el Gobierno- quien durante mucho tiempo no ha cumplido con su obligación: perseguirlos. ETA no ha cambiado, ha sido el Gobierno el que ha cambiado, el que ahora ha dejado de hablar del fin de la violencia y ha pasado a hablar de acabar con el terrorismo (las palabras, las palabras).

El problema para los que vemos esto tan claro es que la gente tiene una memoria de pez: muy corta, muy escasita y se olvida del modo en que Mister Zeta dio oxígeno a ETA con la excusa de que no mataba. Fue Mister Zeta quien permitió a esta pandilla de asesinos y a cuantos les apoyan volver a la vida pública y, lo que es más importante, a recibir el dinero de nuestros impuestos que, como era de esperar, ha ido al bolsillo de los pistoleros. Así de fácil.

Y ahora vienen con las chorradas de la unidad de los demócratas y con la unidad del pueblo contra el terror y contra ETA. Váyanse ustedes a la mierda. Ustedes y el pueblo al que pastorean: ¡Váyanse a la mierda! Ustedes –políticos todos- no han detonado la bomba, no, pero les importa una higa que las sigan poniendo. Sólo les importan dos cosas: que no les toque la china (y para eso ya van bien protegidos con coches blindados y guardaespaldas mil) y que, con tanto bombazo y asesinato, no les venga nadie a mover la silla. Es eso y sólo eso. Es en eso en lo que están unidos. Por eso la negociación con ETA les parecía muy bien: porque, de una parte, los sacaba del punto de mira y, de otra, podía eternizarlos en el sillón del poder. Ignominioso, cierto, pero eso de la ignominia no va con nuestros políticos.

El fin de la negociación fue el final de los dos objetivos de los políticos que la promovieron. Del primero se escapan gracias a la protección que entre todos les pagamos (y a la cobardía de los etarras, por cierto) y del segundo se salvan –por ahora- gracias a la estulticia y la indecencia de la mayor parte del pueblo español. Qué le vamos a hacer, digo lo que siento y pienso: somos un pueblo (o varios, que ya no lo tengo claro) a la altura de nuestro Gobierno. Ya sólo falta que la oposición se ponga a la altura del Gobierno –que en eso está- para que logremos la tan cacareada unidad y el consenso. La unidad en la indecencia, en la cobardía, en la amoralidad. Y el consenso en la rendición ¡Como si esa unidad y ese consenso evitaran que esta panda de hijos de puta mate!

Entérense: la unidad consiste en cumplir las leyes que nos hemos dado y que todo aquél que las incumpla tenga la seguridad de que recibirá cuanto marque la Ley, con independencia de que sea un etarra, un ministro o un amigo del Rey. Así de simple. Si estos canallas asesinos de ETA tuvieran la seguridad de que en frente tienen y tendrán a un Estado digno de ser calificado como de Derecho no buscarían acuerdos ni componendas. Y si el Gobierno no creyera que está por encima de la Ley –que prometió cumplir y hacer cumplir, ja, ja y ja- ni se podría plantear negociar con nadie que la hubiera incumplido porque, simplemente, no tendría nada que ofrecer. Pero como nada de esto es así y, además, nos quedamos todos tan anchos, pues la rueda sigue girando. Para el próximo muerto ya sabemos la receta: un minutito –o cinco- de silencio, caras tristes –por un ratito- y unidad, mucha unidad. Después nos tomamos unas cañas que, ya se sabe, el vivo al bollo.

Pero claro, este discurso lo hago porque soy un duro: un ultra, un miembro de la derecha extrema y antipática. Y además católico. Vamos, escoria. A los buenos ya los conocemos: basta con poner la tele. Están en el PSOE y, últimamente, en el PP de Mariano. Están en ERC y en el PNV. En IU y en CiU. Esos son los buenos.

Esto de la política funciona así: se pinta una raya en el suelo y se tacha a todo aquél que queda al otro lado. La basura que nos gobierna pintó esa raya hace unos cinco años con el famoso Pacto del Tinell: a un lado quedaban los demócratas, los progresistas, El País y la SER, El Periódico, La Vanguardia, las televisiones todas y al otro quedaban el PP y sus votantes, los obispos y los católicos, la COPE y cuantos no pasaran por rendir pleitesía a la izquierda.

Yo no tengo dudas donde estaba ayer y donde estoy hoy. La antipatía de quienes detestan mis ideas me tiene sin cuidado y como a mí a la mayoría de quienes el pasado marzo votamos al PP. Lástima que ese no nos moverán no sea compartido por muchos de aquellos a los que dimos nuestro voto. Estos, con Mariano a la cabeza, están en pedir árnica al Rey Zeta, en ser simpáticos con quienes los despreciaron ayer a costa de hacer a otros –que eran de los suyos- todavía más antipáticos y que, llegada la hora, y puestos a elegir entre los antipáticos genuflexos y los antipáticos orgullosos de serlo, sean ellos, los marianistas, los elegidos por los del otro lado para acompañarlos no se sabe dónde. Pues que con su pan se lo coman.

A María San Gil la han puesto al otro lado de la raya, pero no de la raya que pintó el Tinell sino de una nueva raya que ha trazado Mariano y que divide al PP en dos bandos: los que están con Mariano y los que no, los blandos y los duros, los centristas y los de la derecha extrema, los simpáticos y los antipáticos. María San Gil como tantos otros están ahora en ese lado, son la coartada que utilizan los traidores para ganarse la confianza del que ayer era su enemigo, son el precio que hay que pagar para formar parte de la unidad de los demócratas. No saben, pobres imbéciles, que Roma no paga a traidores y que en torno a gente como María San Gil hay más vida y más fuerza que en toda esa unidad en la miseria socialista.

Y mientras tanto siguen renegando de unas primarias que saben que nunca ganarían.

Mariano, vete ya.

¡Un premio! ¡Un premio!


El autor del blog República Rojigualda ha tenido a bien concederme el Premio Unidad. Este premio está sujeto a las siguientes reglas:

  • El Premio Unidad reconoce a aquellos blogs que fomentan el compañerismo, la solidaridad, que hacen campaña a favor de campañas generales, con los que siempre se puede contar para cualquier iniciativa y que practican y promocionan la unidad entre bloggers.
  • Los blogs premiados enlazarán esta entrada para conocer el origen del premio, así como enlazarán la entrada del Blog que les concede el galardón.
  • Los premiados pueden mostrar el premio en sus blogs.
  • Cada Blog premiará a su vez a otros 3, los que según su criterio mejor representen las características del premio.
  • Los premiados se comprometen a observar las reglas.

Desde aquí mi agradecimiento. En breve nombraré a mis galardonados.


martes, 13 de mayo de 2008

Otra que se va

Sí, es así, al final pasa lo que pasa. María San Gil, Presidenta del PP en el País Vasco (que no es lo mismo que el PP del País Vasco o que el PP vasco, los términos tienen mucha más importancia de la que les damos) terminó diciendo basta. Y no está sola. Más bien al contrario, con ese “basta” ha representado a la inmensa mayoría de los votantes y militantes del PP que, desde su modesta posición, llevan diciendo basta todos los días y que cada vez andan más escandalizados por la deriva de su partido hacia la nada.

Es cierto que la nada –representada por Mister Zeta y su PSOE- ha ganado las elecciones y que, precisamente ese hecho, ha llevado a muchos a pensar que para ganar algún día unas elecciones nada mejor que construir una nada alternativa a la nada triunfante, la de Mister Zeta. En eso están muchos desde siempre, no en construir la nada, sino en construirse su todo para lo que –perdón por la redundancia- vale todo. Este tipo de sujetos, dispuestos a cualquier cosa con tal de continuar amorrados a la teta de los contribuyentes, son los que hoy dominan y controlan el PP (seamos honestos, son los que han dominado siempre al PP, pero hoy se les nota más).

Sólo hay que darse una vuelta por la web del PP y ver el quién es quién de los organizadores del Congreso de Valencia. Leyendo las breves reseñas personales de los miembros organizadores del invento se da uno cuenta de qué tipo de personajes están al mando de un partido de más de 700.000 afiliados. Muchos de ellos son la viva imagen de Mister Zeta: no han trabajado nunca en otra cosa que no sea su partido (que en este caso, en vez de PSOE, se llama PP, pero es lo mismo). ¿Y qué se puede esperar de este tipo de personas? Obediencia y, llegado el momento, un “qué hay de lo mío”. Difícil encontrar entre estos funcionarios de partido el más mínimo atisbo de oposición a los deseos del líder y si el líder dice blanco, pues blanco, y si dice negro, pues será negro. Las lentejas son las lentejas.

Pero hete aquí que, frente a la cofradía de los que no están dispuestos a poner en juego sus lentejas por alguna idea elevada, nos encontramos a gente para la que las lentejas son poco menos que una broma. Gente como María San Gil y tantos otros miembros del PP en el País Vasco que se juegan la vida por defender aquello que creen justo y a los que las lentejas les traen sin cuidado: bastante tienen con sobrevivir.

¿Cómo se le explica a quien se juega la vida, a quien ha visto morir asesinados a amigos por defender una idea de España y de la libertad de los españoles que eso no vende? ¿Con qué cara se le dice a alguien así que para ganar unas elecciones y repartir lentejas entre los miembros del esforzado aparato hay que abandonar unas ideas justas por las que lleva años luchando? En definitiva, ¿con qué se puede contentar a quien se juega la vida por unas ideas para que esté dispuesto a abandonarlas y resultar simpático a los ojos del enemigo? Pues con nada. Hay personas que, simplemente, no tienen un precio. Otras, como Esaú, se venden por un plato de lentejas y creen, desde su mezquindad, que todos los seres humanos están en venta.

Difícil es que unos y otros puedan compartir un proyecto en tiempos difíciles. Los unos, los que se juegan la vida, los que han visto caer a muchos de los suyos por defender algo en lo que creen, difícilmente pueden estar dispuestos a ceder en sus principios por la promesa de un cargo que llegará o no pero que, si llegara gracias al abandono de los principios, gracias al olvido de la sangre derramada, sólo tendría sabor a ignominia. Por contra, los otros, los cofrades de la lenteja, difícilmente entenderán que hay vida más allá de la cuenta corriente y del ejercicio del poder que, al contrario de lo que pensaba Enrique IV de Francia, París no vale una misa.

En la redacción de la ponencia política del PP de la que ha decidido salir María San Gil se han confrontado por tanto dos visiones de la política. Una visión que cree en la política como un medio para mejorar la sociedad, en la que el político es un auténtico servidor público que defiende aquello en lo que cree, con generosidad y valentía. La Política con mayúscula, que hace grandes a los hombres que la ejercen. Y otra visión, la dominante, la mezquina, la pegada al suelo, la que concibe a la política como un fin, como la simple lucha por el poder. Una visión egoísta en la que el político no tiene más objetivo que mantenerse a costa de quien sea y cómo sea, la de los profesionales de la cosa. Esa es la política a la que está llevando Rajoy al PP y a la que María San Gil no ha querido servir de coartada.

Parafraseando a Méndez Núñez: más vale honra sin cargos, que cargos sin honra.

Mariano, vete ya.

lunes, 12 de mayo de 2008

Haciendo camino

Hoy tenía pensado dedicar unas líneas a la reforma del sistema electoral pero, después de las alabanzas públicas del Rey a la persona y la labor de Mister Zeta, creo que dejaré aquellas cuestiones para mejor ocasión.

Me resulta curioso que hace muy poquito dejaba yo escrito por aquí la necesidad de que se articulara un discurso republicano desde la derecha. No es de extrañar que en un país en el que los monárquicos se declaran juancarlistas llegue el día en el que el juancarlismo deje paso a una República y, sinceramente, creo que ese día llegará antes de lo que pensamos. Si para entonces la derecha no ha sido capaz de construir e integrar un discurso republicano habrá perdido una nueva oportunidad de encabezar un cambio político sin rémoras del pasado. Porque, reconozcámoslo, la transición la hizo la derecha pero sólo la izquierda obtuvo la legitimidad del cambio y, llegado el momento del tránsito a la República –que llegará-, la falta de discurso llevará de nuevo a la izquierda a atribuirse la legitimidad primigenia del nuevo régimen.

Siempre me llamaron la atención las muestras de cordialidad que el Rey Juan Carlos dispensaba a los representantes de partidos ideológicamente contrarios a la Monarquía y el desdén con que invariablemente agració a los políticos conservadores, por tradición, más próximos a la institución que representa el Monarca. La explicación para mí era simple: prefería ganarse a los desafectos y, para ello, nada mejor que contrastar el trato amable que concedía a éstos con el velado desaire que ofrecía a los supuestamente devotos. En fin, lo propio en un Borbón. Y lo propio en la derecha, tan acostumbrada a dejarse apalear por propios y ajenos.

El evidente menosprecio del Rey a la derecha no ha tenido nunca demasiada repercusión en el afecto que la grey conservadora solía tener hacia la monarquía. Aunque es cierto que ese desdén borbónico nunca se ha expresado con absoluta claridad y que el afecto con que a todas luces agasajaba a la izquierda nunca había pasado del guiño, de la presunción. Pero ayer el guiño se convirtió en elogio y la sintonía presunta se hizo expresa. Y si el guiño era una afrenta cuando se comparaba con la indiferencia, el elogio expreso convierte a ésta en insulto.

Pero vamos, que no llegará la sangre al río y puede estar tranquilo el Jefe del Estado porque desde este lado de la política nunca fue derrocado un Rey, ni aún mereciéndolo. Cierto es que las cosas cambian, que no son pocos los que han pasado de la militancia a la indiferencia y que al abuelo de S.M. le puso en el exilio tanto la aversión de los republicanos como la indiferencia de los monárquicos (que decidieron no mover un dedo por quien era entonces su Rey). Hoy hay pocos monárquicos y cada vez son más los juancarlistas indiferentes. Bastará que la indiferencia oficial de la izquierda se torne en desafección declarada para que las horas de la dinastía toquen a su fin.
Sic transit
.

viernes, 9 de mayo de 2008

¿Tiempo de reformas?

Hace un par de días, la Vicepresidenta más arrugada que pudiéramos imaginar y que sin embargo tenemos, avanzó a grandes rasgos un conjunto de reformas que pretende afrontar el Gobierno de Mister Zeta, muchas de las cuales pasan por reformar la vigente Constitución de 1978 o las leyes del llamado bloque constitucional. El gran problema de las reformas es que pueden hacerse para empeorar o, incluso, para nada, y tengo la impresión que las reformas anunciadas quedarán entre lo uno y lo otro; difícilmente, viniendo de quien vienen, se irá a mejor.

En principio, las reformas puramente constitucionales afectarán a la tan manida prelación del hombre en la sucesión a la Corona (en vez de a la existencia o no de la Corona, por cierto), a la inclusión del nombre de las Comunidades Autónomas (de vital importancia para todos, como puede observarse) y a la mención del proceso de integración europea (que todavía me pregunto cómo es posible que hayamos sobrevivido ante omisión semejante). Nada que hablar, desde luego, de la reforma de los títulos competenciales para, al menos, blindar las competencias del Estado o, lo que sería más conveniente, recuperar determinadas competencias cedidas a las Comunidades Autónomas. Nada respecto de la modificación de los distritos electorales o, incluso, del incremento del número de escaños para superar la barrera de los 400. Nada sobre la reforma del Senado o, lo que sería mejor, su eliminación. Nada sobre la desvinculación del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional del poder político.

Pero eso sí, más laicismo y menos derecho a la vida para los más débiles. Porque por ahí van los tiros. El laicismo escondido tras el derecho a la libertad religiosa y el aborto y la eutanasia tras el derecho a disponer del propio cuerpo y de la propia vida.

El avance del laicismo es preocupante por cuanto se ofrece a la opinión pública una visión distorsionada de la realidad. Se nos vende que España es un Estado laico cuando, constitucionalmente, se proclama como Estado no confesional o, lo que es lo mismo, un Estado que respeta y reconoce el hecho religioso pero que no se pronuncia a favor de ninguna confesión particular, ni en contra de otra u otras. El laicismo del PSOE parte de la negación del hecho religioso y por ello es contrario a nuestra Constitución. Pero, lo que es más grave, ese pretendido laicismo no es sino una suerte de anticatolicismo inconfesable, aunque más que evidente, que tiene su raíz en la II República. Porque no se trata de garantizar la libertad de religión –que lleva existiendo desde antes de la Constitución y que es amparada indubitadamente por ésta- sino de privar de libertad a los católicos, de despojarlos del derecho a mostrarse y actuar como tales. Se trata de cerrar la boca a todos los que, movidos por sus creencias religiosas, no puedan comulgar con el relativismo imperante y muestran su oposición, en tanto católicos, a determinadas políticas. Lo importante para el Gobierno no es la libertad religiosa, sino la evitación de peligros para el pensamiento único que pretende imponer.

El pretendido derecho al aborto es más de lo mismo y, haciendo uso de los medios de comunicación, se pretende crear una corriente de opinión en contra de los que se niegan a reconocer derechos. Ya es suficientemente ilustrativo que no se utilice el término “aborto” y que se haya sustituido por el eufemismo “interrupción voluntaria del embarazo”. La palabras no son inocentes y, aunque saben que no existe un derecho a abortar, son perfectamente conscientes de que su mensaje cala en la opinión pública y que cuando, llegue el momento de dar la batalla ideológica, ya la tendrán ganada. Saben que ese derecho a abortar –de tanto repetirlo- se ha instalado en el subconsciente de muchos y que les bastará enarbolar la bandera de la ampliación de derechos para que todos los voluntariamente lobotomizados se muestren a favor de matar al más débil e indefenso de los seres humanos… porque su madre tiene derecho a interrumpir su embarazo y a decidir sobre su propio cuerpo. Cuando llegue el momento de articular una oposición frente a esta atrocidad, será muy difícil hacer comprender que no se trata de privar de un derecho, que ese derecho ni existe, ni puede existir en una sociedad civilizada, que nadie puede tener derecho a matar a otro y que el aborto es simple y llanamente la eliminación, el asesinato, de un ser humano indefenso. Desde la propaganda, convertirán el aborto en una bandera de la progresía y la oposición al mismo en una muestra de la intolerancia de la derecha y de la Iglesia. Y si no, al tiempo. Eso sí, los que no estamos de acuerdo con esta aberración, lo tendremos muy bien merecido por no adoptar una postura firme por miedo al qué dirán.

Con la eutanasia seguirán un parecido camino y desde el PP (que es la única oposición que nos queda, si se le puede hoy llamar así) no se sabrá explicar que, si bien es muy discutible que pueda existir un derecho a morir, es inaceptable que exista un derecho (y una correlativa obligación) a recibir la muerte. Que el Estado debe garantizar una muerte digna y sin dolor pero que una muerte digna no consiste en un asesinato consentido, ni en la aceleración de un proceso por muy evidente que sea su final. Es natural que el proceso de la muerte no se retrase por medios externos y que se haga tan llevadero como permitan los medios y técnicas a nuestro alcance, pero que, con la excusa de hacer más humano el trance, nos limitemos a acelerar lo inevitable, carece de cualquier humanidad. Hay quien no se da cuenta que el superficialmente razonable “derecho a disponer de la propia vida” es sólo el paso previo a la obligación a disponer de ella, que es justo el callejón sin salida que no nos quieren mostrar los partidarios de la eutanasia, ese momento en el que el será el Estado quien elegirá entre paliar un proceso inevitable o simplemente llevarlo a término con la mayor rapidez dado que es, eso, inevitable. Sin duda, una buena forma de reducir los costes del sistema sanitario pero éticamente inaceptable.

Por aquí empezamos. En los próximos días le daré una vuelta a la modificación del sistema electoral.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Una de política



El ejercicio de la política exige –o debería exigir- la facultad de ver más allá de la propia nariz y la de olvidar el propio interés en beneficio del interés común. Sin embargo, estas dos facultades son precisamente las más difíciles de encontrar en la inmensa mayoría de los políticos (y no digo en todos porque algún despistado puede haber). Habrá quien pueda reprocharme un excesivo platonismo en mi planteamiento y quien, bien apegado al terruño, afirme que un político que fuera capaz de olvidar, de abstraer, su propio interés personal sería algo así como un héroe y no son estos tiempos de heroicidades. Y tendría razón: desgraciadamente, no es este un tiempo de heroicidades. Por el contrario, este es un tiempo de pragmatismo y no hay nada más pragmático que el propio interés.

Desde una perspectiva liberal, el avance de la sociedad se alcanza por medio de la confluencia de los distintos intereses individuales. La competencia entre los diferentes intereses en liza dará como resultado la mejora del colectivo pero, para que este sistema funcione, es necesaria una mínima intervención de los poderes públicos con el único fin de asegurar que los distintos contendientes compitan con limpieza, en condiciones de igualdad y que el éxito individual tenga su origen en el esfuerzo personal, en el propio mérito, y no en otro tipo de circunstancias. La competencia requiere normas claras y exige un control de su cumplimiento, de tal manera que no sea posible para nadie, de una parte, la inobservancia de las reglas y, de otra, la adecuación de estas reglas a un interés distinto del interés general. Desde luego, no hay que ser muy perspicaz para contemplar cientos y cientos de ejemplos en los que no se cumplen las normas, en los que las normas se adaptan a un interés específico o, lo que todavía es más común, en los que se dan esos dos supuestos a un tiempo. Es la confrontación del ser con el deber ser.

Ante esta tesitura sólo caben dos alternativas: adaptarse a la realidad o enfrentarse a ella para cambiarla. La opción mayoritaria pasa por lo que ha sido la norma en la Historia de la humanidad: adaptarse. La adaptación al medio es la mayor evidencia de la inteligencia humana y, siendo sinceros, ha sido la garantía de nuestra supervivencia como especie. De ahí que el heroísmo haya sido –y continuará siendo- la excepción.

En el mundo de la política, salvo escasísimas excepciones, el triunfo, la supervivencia, se ha basado históricamente en la capacidad de adaptación a la realidad y en el arte del mimetismo. Cierto es que los políticos que han pasado a la Historia han sido por regla general los que se enfrentaron a una realidad siempre mejorable y se esforzaron en cambiarla, pero éstos no sólo son –eran- una minoría, sino que fueron fruto de unas excepcionales circunstancias sin cuya confluencia nunca hubiera brillado su estrella. Son los casos de grandes políticos como Churchill, Adenauer, Gandhi, Martin Luther King, Margaret Thatcher o Ronald Reagan, por citar sólo algunos. Y no diré yo que todos ellos estuvieran desprovistos de egoísmo o que acertaran en cuanto hicieron, porque no sería verdad, pero lo que sí que puede afirmarse es que todos ellos se pusieron al servicio de unas ideas que siempre situaron por encima de su propio interés personal. Todos fueron personas de principios que se mantuvieron fieles a unas ideas. Son excepciones, claro está, pero su excepcionalidad, que es evidente en sus países de origen, hace todavía más patente la absoluta orfandad de la política española de grandes hombres, de grandes políticos.

Desde Cánovas, España sólo ha disfrutado de politiquillos de escasa talla, algunos con una formación intelectual muy por encima de la media, aunque de una escasísima estatura humana y, desde hace más tiempo del deseable, a la escasa altura política y personal –norma general del político español- se le ha unido una deficiente formación intelectual, muy por debajo de la formación del profesional español medio.

Con estos mimbres, es poco menos que imposible que el cesto de la política española sea lo que debería ser y la resistencia, el encastillamiento, de la clase política ante la necesidad de afrontar cambios en nuestro sistema político hace muy complicado que éstos puedan llevarse a efecto. El ejemplo del PP resulta sangrante y muestra un panorama absolutamente desalentador en el que la élite política se resiste a adoptar cualquier tipo de medida que asegurara la dignificación de su labor y de las personas que ejercen en política. La crisis que padece hoy el PP (muy similar a la que vivió el PSOE hasta la designación de Mister Zeta como Secretario General y no muy diferente de la que habría afectado al mismo PSOE de haber perdido las últimas elecciones) ejemplifica todas las miserias de una clase dirigente dispuesta a cualquier cosa con tal de no abandonar el “privilegio” de servir al pueblo. Personajes capaces de asesinar a su padre con tal de no levantarse del sillón ¡Y eso que dicen que los políticos españoles están mal pagados! Si estando tan mal pagados como dicen (gran mentira, por cierto) llegan a lo que llegan con tal de continuar cobrando su miserable sueldo, qué no harían si algún día estuvieran bien remunerados.

La política en España se ha convertido en otra forma de unción al pesebre del Estado, en un modo de vida sin otro objetivo que extenderlo en el tiempo cuanto sea posible y sin más expectativa que garantizarse una cómoda jubilación en algún consejo de administración. La política se ha convertido justamente en lo que no debe ser, ha pasado de medio a fin, y todo cuanto pueda perjudicar a esta nueva naturaleza es temido y evitado. De ahí que no sean pocos los que han puesto el acento en la infinita capacidad de la clase política a contemplar su propio ombligo, a poner el foco en aquellas cuestiones que sólo a ellos preocupan y a abandonar aquellos asuntos que afectan y preocupan a la población. El ejemplo de la reforma de los dichosos estatutos de autonomía es una clara evidencia del ombliguismo de los políticos en tanto clase, aunque hay que reconocer que la actual crisis del PP y la impudicia de sus dirigentes por arreglar “lo suyo” hace a muchos sentir todavía más vergüenza, porque ya no es sólo el colectivo el que queda en evidencia, sino que es posible ponerle nombre y apellidos al interesado. Es tan evidente, tan burda la maniobra de todos ellos por permanecer a flote a costa de lo que sea menester, que sonroja a cualquiera con un mínimo de pudor. Es por eso que tienen auténtica alergia a todo lo que huela a democracia, de ahí el temor y el recelo de toda la dirigencia a darle la palabra a gentes que, dada su independencia (puesto que viven de su trabajo y esfuerzo, no de la explotación del contribuyente), no pueden controlar con facilidad. Ese es el pánico a unas primarias que ni siquiera se creen ya los que las propusieron.

Lo único positivo que se puede extraer del desnudo integral que está mostrando la clase política española es que se ha iniciado un movimiento cívico –incipiente, sin duda- al que se unen cada vez más voces y que, desde abajo, desde donde se paga todo el tinglado, empieza a exigir el relevo de una clase, de una casta política que no está moralmente capacitada para gobernar. Las primarias es posible que no lleguen al PP en el próximo Congreso, pero más pronto que tarde, las bases del partido tomarán el mando del mismo modo en que la sociedad española tomará las riendas de su futuro, con nuevas ideas y con gente dispuesta a servir y no a servirse. Este es un movimiento afortunadamente imparable. Tan imparable que no tardaremos mucho en ver como cambian de chaqueta muchos de los que hoy apuestan por la continuidad de su sistema. Tiempo al tiempo. Triste será que, cuando llegue San Martín, nos olvidemos de la desnudez con que hoy se presentan.

martes, 6 de mayo de 2008

Unos crían la fama

No creo que a estas alturas tenga mucho que decir sobre mi falta de sintonía con la mayor parte de las caras visibles del PP. Lo he dicho tantas veces que ya aburro. Zaplana no era santo de mi devoción y Acebes tampoco iba a ser una excepción. Zaplana se fue la semana pasada y Acebes abrió ayer la puerta de salida. Uno y otro fueron la cara visible del PP durante los últimos cuatro años y, para su desgracia, fueron también la cara visible de la crisis más importante –y trágica- que tuvo que gestionar el último Gobierno de Aznar. Ambos han estado estigmatizados desde entonces por el modo en que se gestionaron los atentados del 11 de marzo y a ambos se les ha acusado de manipular y mentir durante aquellos días terribles. No seré yo quien ponga la mano en el fuego por la honestidad de ninguno de ellos –por la sencilla razón de que no los conozco- pero sí que tengo la impresión de que su culpa fue más por torpeza que por maldad, más por tratar de contar lo que creían que menos les perjudicaba, que por ocultar lo que de verdad les hacía daño, más por ocuparse de lo accesorio que de lo principal. Desde luego que lo hicieron mal y a los hechos me remito, pero sinceramente creo que ni uno ni otro merecían ser señalados como lo que en mi opinión no fueron.

Partiendo de este juicio, siempre he creído que en política no sólo hay que ser honesto, sino también parecerlo y, aunque injustamente señalados, ni Zaplana, ni Acebes salieron bien parados de aquella crisis. El empecinamiento en que siguieran siendo la cara visible del PP fue un grave error de cálculo y una muestra evidente de la falta de visión política de un Mariano Rajoy que no deja de cometer errores desde entonces. El último gran error fue, sin duda, la rajoyada ilicitana pero no fue menos grave señalar a sus dos lugartenientes como únicos responsables de unos resultados que al mismo tiempo calificaba como buenos. Un sinsentido. El momento de prescindir de ambos fue el 2004. Prescindir de Acebes y Zaplana en el 2008 sólo hubiera tenido sentido si el primero en salir hubiera sido el propio Rajoy, pero cada vez estoy más convencido de que a Rajoy se le ha ido la cabeza y se la terminará volando él solito. Sacar de circulación a Acebes y a Zaplana en 2004 hubiera estado justificado por una simple cuestión de imagen. Es duro que una cuestión de este tipo relegue a dos ex-Ministros que hicieron lo que pudieron en una situación crítica y a los que no les salió bien cuanto hicieron pero –me repito- no creo que actuaran nunca con mala fe. Sin embargo, prescindir de ambos, enseñarles la puerta desde el primer día después de la derrota, además de injusto –y por tanto, cruel- carece de toda lógica: primero, porque se les hace responsables de un resultado electoral del que sólo puede ser responsable Mariano Rajoy; y segundo, porque se trata de cubrir el error de su inoportuna continuidad en el 2004, con una falta de sintonía ideológica con el nuevo proyecto de Rajoy (que no del PP), de donde se extrae que el Rajoy a quien votaron más de diez millones de personas para que defendiera un determinada línea política, no es el mismo Rajoy que, tras la derrota, reniega de esa estrategia y afirma que ni esas eran sus formas, ni ese era su equipo. En definitiva, que en mi opinión, Zaplana y Acebes se debieron ir en 2004 y que, tras perder las elecciones, quien se tenía que ir era Rajoy seguido -por supuesto- de sus dos escuderos.

Llegados a este punto, cualquiera podría preguntarse a qué viene el título de esta entrada que –cierto es- poco tiene que ver con lo que he expuesto hasta ahora. Pues viene a que, manteniendo que Acebes debió haberse ido tras las elecciones de marzo de 2004, no puedo dejar de espantarme cada vez que leo y oigo lo que se viene diciendo de él. Los juicios desfavorables a su gestión y hasta a su persona, me podrían parecer justos si procedieran de alguien de conducta intachable, pero cuando se ponen en boca de los muchos que han votado a Mister Zeta y que lo vienen apoyando con fidelidad stalinista, me producen un sentimiento de rabia y de tristeza. ¿Cómo se puede tener la desvergüenza de acusar de mentiroso a Acebes después de haber votado Mister Zeta y a su séquito? ¿Cómo se puede tachar de mentiroso a alguien y votar a un partido que miente hasta en sus siglas? Es evidente que quien vota y apoya al PSOE tiene en poca estima la honorabilidad de los gobernantes, porque si no, no puede entenderse que voten a quien votan. Es indudable que quien vota a Mister Zeta tiene que tener un baremo moral simplemente inexistente, pero que achaquen a un adversario político una conducta que es la norma en sus propias huestes, resulta simplemente repugnante. Que desde el partido que tiene en sus filas –¡y como Ministro del Interior!- al portavoz del Gobierno de los GAL, al mayor mentiroso y manipulador que yo pueda recordar, se atreva alguien a mencionar la mentira, produce vergüenza. Que quienes apoyan al partido que negaba la crisis económica antes de las elecciones, se atrevan a tachar alguien de mentiroso, es absolutamente increíble. Que desde el partido de Mister Zeta, que ha hecho de la mentira y de la propaganda sus más poderosas armas, se llame a Acebes mentiroso, es simplemente lamentable. Y lo es porque deja a los españoles como colectivo a la altura de su moral y a la altura (mejor, la bajura) de sus gobernantes.

Pero no sólo es que puedan llamar mentiroso a Acebes –que lo hacen-, sino que pueden hacerlo sin el más tímido asomo de rubor. Saben que a ellos las mentiras les salen gratis porque los suyos jamás les afearan su conducta hipócrita y obscena. Saben que hagan lo que hagan los suyos estarán ahí, apoyándolos, a ver si les cae algo, con esa eterna cantinela del “yo haría lo mismo”. Con crisis económica o sin ella, con trasvases o con conducciones urgentes de agua, con corrupción o con mucha más corrupción, con mentiras o con mucha más mentira, con Ministros y con Ministras. Porque su motivación no es un Gobierno de personas honradas, sino un Gobierno del PSOE. Porque su estilo de vida es el como sea. Porque ellos sí se merecen un Gobierno que les mienta si quien miente es de los suyos. Porque ellos no tienen moral y están orgullosos de ello.

Porque ellos cardan la lana.

lunes, 5 de mayo de 2008

Almíbar Zeta

El fallecimiento de Leopoldo Calvo-Sotelo ha dado pie a nuestra clase dirigente para abordarnos con todo tipo de pamplinas y cursilerías a cuenta del difunto. El campeón de la estulticia almibarada que se ha derramado sobre el cuerpo aún caliente del finado ex–Presidente ha sido, como no podía ser de otro modo, el actual inquilino de La Moncloa. Y sí, vale que España sea un país de grandes funerales, que seamos un país en el que lo mejor que se puede hacer para escuchar todo tipo de elogios sea morirse, pero que tengamos que aguantar al esperpento que nos hemos dado para dirigir ¿España? pronunciando las banalidades que –seguramente- desearía para sí el día en que las parcas cumplan con su cometido, es sencillamente insufrible. No, lo siento, yo todavía no he llegado al nivel de idiocia necesario para escuchar a este individuo sin que me den arcadas. A otros les sobrevienen orgasmos, pero a mí, qué le voy a hacer, no me llamó Dios por el camino del masoquismo. El caso es que no puedo resistirme a comentar dos de las perlas de Mister Zeta.

La primera de ellas reza como sigue:

Hoy es un día para que la democracia llore a alguien que dejó mucho empeño para que vivamos en un país de libertades.

Lo primero que se me vino a la cabeza cuando oí a Mister Zeta pronunciar esta frase fue: ¿qué es eso de que “hoy es un día para que la democracia llore”? Nunca he pensado que la democracia pudiera llorar, ni que una simple forma de Gobierno que, por su propia naturaleza, no puede representar a nadie, pudiera ser personificada y ¡hasta llorar! Lo natural no sería la personificación de la democracia –que es ridícula- sino la personificación de la Nación pero hete aquí que para eso no está este personaje. Eso de decir que la Nación llora, pues como que no, que eso de Nación es un concepto discutido y discutible. Además, ¿a qué Nación se iba a referir? Mucho mejor hablar de democracia, que es lo que le gusta pronunciar, y no entrar en mayores profundidades. No dejo de asombrarme del modo en que alguien con tantas limitaciones intelectuales puede llegar a esconder su vaciedad en la grandilocuencia más chusca y ¡hasta quedar bien! Porque no he leído ni un solo comentario en relación con semejante sandez.

Digo más: la democracia, aún aceptando que pudiera llorar, difícilmente lo haría por alguien que llegó a la Presidencia del Gobierno sin haber obtenido ni un solo voto popular y que ni siquiera quiso ser candidato en las elecciones que él mismo convocó.

Y no, no es este un reproche a la figura del más breve Presidente de los últimos 30 años, sino la simple constatación de la estupidez del halago funerario. Calvo-Sotelo fue un hombre que cumplió su papel dignamente y que respondió fielmente al modelo de la clase dirigente del tardo franquismo: facilitar el camino a la izquierda con la esperanza de que les perdonara lo que creían pecados de la derecha (básicamente, existir). Colaboró en una transición que no tenía más objetivo que repartir la tarta del poder con quienes –hoy lo sabemos- una vez sentados a la mesa, no estaban dispuestos ni a repartir migajas (costó trece años desalojarlos la primera vez y, por ahora, los ocho años de PSOE no nos los perdona nadie) y facilitó el descalabro de la parte de la derecha que él pasó a dirigir después del forzado abandono de Suárez (lo mismo era este el “mucho empeño” al que se refería Mister Zeta porque, desde luego, puso mucho empeño en el despeño). Hoy se le ensalza por la forma en la que gestionó el fracasado golpe del 23-F del 81, por el modo en que abortó el golpe de octubre del 82 y por la elegancia con la que puso el poder en manos del PSOE casi medio siglo después, pero ninguno de estos “grandes méritos de difunto” soportaron el foco en vida del finado.

La siguiente sandez reseñable en el pretendido halago presidencial viene a cuento de lo del “país de libertades”. Esa es otra frase habitual y feliz de nuestro Presidente del Gobierno, lo que no sé es qué libertades se refiere porque, por faltarnos, nos falta hasta la libertad de elegir el idioma con el que queremos comunicarnos. No me cabe duda de que a Mister Zeta le sobran libertades (y tiempo libre para disfrutarlas) pero si hay algo que falta en España es precisamente eso: libertad. Así que hablar de un país de libertades, aparte de una cursilería, es una gran mentira. Eso sí, gratis, porque libertad nos falta, pero tontos nos sobran.

Y el súmmum de la estulticia zapaterina en la segunda perla:

Una democracia es grande si reconoce y homenajea a los grandes hombres que con ahínco hicieron posible nuestro proceso de transición

Y dale con la personificación de la democracia. No, Mister Zeta, no. Una Nación es grande, no una democracia. La democracia no puede ser ni grande, ni pequeña. Puede ser útil o inútil y, cuando permite que llegue al poder gente como tú, está más cerca de lo segundo que de lo primero. La democracia puede ser un elemento vertebrador de la Nación, pero no puede sustituirla. Bien es verdad que en un régimen como el que nos hemos dado la democracia no deja de ser una excusa para la opresión y la Nación una caricatura de lo que debería ser. Una democracia de “Todo a 100” como la que tenemos en España da precisamente para este tipo de esperpentos: que vengan a decirle que es grande porque reconoce y homenajea a los grandes hombres. Ja, ja y ja. La democracia sin Nación es un mero adorno y para eso ha quedado: para aderezar la retórica de los políticos corruptos que viven de ella. Una pena.

Pero todavía más curioso es que venga a alabar la transición el tío que más ha hecho por cargarse lo poco bueno que había en ella. El mismo Calvo-Sotelo se refirió a la segunda transición emprendida por Mister Zeta y se lamentó de que se buscaran legitimidades en la II República en vez de en el proceso constituyente y en la Constitución de 1978. Que es mala, de acuerdo, pero al menos, no se aprobó contra nadie. Esa es la única virtud de la transición y de la Constitución: que no se hicieron premeditadamente contra nada, ni contra nadie. Desgraciadamente, no se establecieron los mecanismos para evitar que terminara siendo utilizada de este modo y de esto ya sabemos bastante a estas alturas, pero no deja de ser curioso que el capataz del equipo de demolición de la transición venga ahora a alabarla.

miércoles, 30 de abril de 2008

Descanse en paz

La espantá de Zaplana es sólo la punta del iceberg de la corrupción de nuestro –dicen- Estado de Derecho. Y no porque sea un político corrupto –si lo fuera, ya lo habría demostrado alguien en vez de lanzar todo tipo de rumores en su contra como vienen muchos haciendo desde hace años- sino porque pone de manifiesto la auténtica cara de la cosa: la descarada connivencia entre el poder político y el poder económico y las complicidades del poder judicial y de la prensa con ambos. Si no, no me lo explico, porque Zaplana de telecomunicaciones tiene que saber tanto como de física nuclear: o sea, nada. Aunque ni falta que le hace. A Telefónica va a trabajar como conseguidor y, ven ustedes, de eso sí que debe estar muy puesto. Bien es verdad que no ha conseguido adecentar el partido al que pertenece, ni ser cara y voz de unos principios que, se supone, compartía con quienes le votaron. Tampoco consiguió que sus propios compañeros lo tildaran como ideológicamente simpático, pero nadie le negará que, puestos a conseguir, sí que ha conseguido una jubilación muy digna en la Gran Empresa. Es triste comprobar que, llegadas las duras, quien decía haberse partido la cara como portavoz del PP en el Congreso durante cuatro años, no estuviera dispuesto a continuar en esa senda contra quien hiciera falta. Al final, la cobardía le sale por las orejas hasta a los que se tenían por valientes. Pero eso sí, “Todo por la Patria, faltaría más. Así son las cosas: en política se está para lo que se está y no precisamente por un plato de lentejas. Y luego se preguntan por qué están todos tan mal vistos.

En cualquier caso, lo que dice muy mal de nuestra Democracia y de nuestra libertad de mercado es la imperiosa necesidad que tienen las grandes empresas de disponer de conseguidores, de personas que, mediante influencias políticas y personales condicionan y coadyuvan al resultado de operaciones estrictamente empresariales y que, al final de la película, termina pagando siempre el ciudadano de a pie con ese dinero que, desde los poderes públicos, le sacan del bolsillo a manos llenas. Ese dinero que, cuando se apellida “público” pasa a no ser de nadie (Carmen Calvo dixit). Porque al final, con crisis económica o sin ella, es el ciudadano que trabaja, el que mantiene este tinglado, quien figura como el único paganini de la dolce vita de muchos. Pues bien, esas grandes empresas, engordadas ayer y hoy desde el poder político y a costa de los ciudadanos, para seguir en la brecha necesitan continuar influyendo en el Estado, necesitan que el Estado tome las decisiones que beneficien a sus intereses aún a costa de los ciudadanos y sólo los que pueden comprar determinadas voluntades son capaces de competir, no en precios, no en calidad, no en servicios, sino en favores públicos que, al fin y a la postre, son los que diferencian la excelencia de la mediocridad. Por eso a Telefónica le hace falta Zaplana, como le hacían falta Javier de Paz o Manuel Pizarro.

Lo peor de todo es que a nadie se le cae la cara de vergüenza. Descanse en paz.